NEW YORK...NEW YORK
- 15 jun 2018
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Regreso en el avión que va de New York a Lima, con la imagen de un holograma social en mi mente. Una sociedad congelada en el metro, dentro de las dimensiones espacio-tiempo.
Si no eran sus celulares, eran sus libros, si no eran sus libros, era la nada en sus miradas. Siempre existía una barrera que los oprimía: era la sombra precoz del tiempo que caía sobre cada uno de sus hombros. El tiempo viajaba en una nave espacial sobre sus pequeñas cabezas vestidas de moños, audífonos, gorras, aretes y demás adornos. El tiempo volaba sobre cada átomo de sus cuerpos. El se imponía como el señor gamonal que oprimía a una sociedad globalizada. El tiempo era inmortal.
Pero nada estaba tan perdido, existían esquinas afuera de Manhattan donde aún caminaban los recuerdos y rezagos de humanidad. Donde aún el tiempo no era el amo y solo viajaba como un pasajero por las calles. Esto era en los bares y pubs donde casi nadie miraba sus celulares. Es verdad, se reunían para ver algún partido de fútbol americano, basketball o badminton...de aquellos deportes que no solemos valorar masivamente acá en el Perú.
Pero todo era un acto social y humano, solo un pretexto para poder practicar aquello que no hacen en los trenes: hablar, reír o simplemente aprovechar las virtudes de la soledad acompañándose con una buena cerveza al lado.
Qué interesante que en una de las sociedades más modernas y globalizadas, dentro de sus espacios de socialización, no se repita la distópica imagen que a veces sí se ve en restaurantes de Lima, donde tres o cuatro personas allegadas, reunidas en una misma mesa, comienzan a ver sus celulares al mismo tiempo. Aquella mesa me hace recordar a Jesús y como lo traicionaron sus discípulos. Interesante...aquel símbolo de familia contemporánea en algún momento fue el espectador de una de las más históricas traiciones de la humanidad.
Pero no todo sucedía en los bares o pubs fuera de Manhattan. También existían barrios latinos y de habitantes afrodescendientes (negros), calles donde cajas y bolsas pueden bailar al compás de los pasos del viento. Aquí las personas aún se reúnen en los paraderos para hablar y dejar que el tiempo acompañe sus momentos de oscio y sexo.
Me pregunto si el metro en New York configura o representa el holograma social de un pueblo que poco a poco se va congelando a través del tiempo, en medio de una línea larga de fabricación con ventanas no corredizas para que nadie se pueda escapar, solo cuando la máquina decida abrir las puertas.
Después de todo, Manhattan siempre será más espantoso, porque sus semáforos, sus carros, sus edificios grandes y artificios se van apoderando de lo que antes se llamaba pueblo, de las esquinas, del metro, aquella raíz social del tiempo.
Es una sociedad que se va desintegrando en varios átomos ocupados en trabajos, persecución de sueños y ambiciones.
Entonces, en Lima ¿Cómo configura el transporte público a nuestra sociedad? En medio de aquella mescolanza entre transporte público formal e informal (El micro versus el metropolitano o el metro de lima que solo tiene una ruta), la pregunta sería ¿Podremos llegar a congelarnos social mente al igual que sucede con los citadinos que usan el metro de Nueva York?
En el cuento de "El niño de junto al cielo" se habla de Lima como la bestia de un millón de cabezas, pero es curioso que la madre de ese monstruo y de los demás monstruos del mundo habita dentro de una gran estatua que se disfraza de libertad, afuera de Nueva York. Sí, si lima es la bestia de un millón de cabezas, Nueva York es su madre, una madre soltera que dice representar la libertad.



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