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CADA DIA

  • 5 jul 2018
  • 1 min de lectura



La sensación de despertarse, que solo habita un silencio o ruidos alrededor, pero una vez más, hay que hacer girar la misma piedra. El profundo abismo de un sentimiento donde nuestra anatomía humana se reduce a una cabeza pegada a la almohada, porque tal vez en esa postura vivimos la vida más sincera que nos pertenece, la de los sueños...de lo surreal.


No me quiero despertar, no quiero abrir los ojos e imaginar que tengo que conseguir fuerzas infrahumanas para poder mover mis energías a sacar la colcha, levantar mi cuerpo, saber que me quedaré más de diez minutos sobre mi cama, sentado, mirando al vacío y comenzando a pensar sobre las mil y un maneras en que seré un humano y tendré la casi obligación de enfrentar el día.


Es más difícil cuando sé que debo transformar esas energías en el primer movimiento de mis pies para ponerme de pie, abrir la puerta de la habitación, luego la del baño, desnudarme, mirar mi rostro y prender la ducha.


Aún me quedo pensando en el mito de Sísifo (Esto continuará)

 
 
 

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